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LOS ABUELOS
Me quiero referir a aquellos que por su condición de pobres no alcanzan llegar al conocimiento por falta de medios y de oportunidades.
Siempre me dolió la pobreza, tratando de comprenderla a base de haberla vivido en ciertas etapas de la vida.
Pero hoy no tiene las mismas características de aquella que se adueñara, durante generaciones, de miles de familias.
Hay bolsones de pobreza en donde parece que no hubiera pasado la evolución.
Hay ghettos de pobreza en donde el ladrillo y la chapa cobija el hacinamiento de seres humanos.
Hay sitios usurpados por la pobreza, mejor acondicionados - a lo que a construcción se refiere -, que no elevan la calidad de vida de sus habitantes.
Pero hay una forma de pobreza que viene incrementándose, afectando a aquellos que nunca fueron carecientes y es, tal vez, la más delicada porque abarca a personas que no conocen las costumbres de los pobres, desesperándose por querer encontrar la pronta adaptación.
No hace tantos años, la pobreza se vivía de una manera distinta. Tanto la familia como los vecinos eran, consustancialmente, más solidarios. Además, no era común que los hijos fueran delincuentes, adictos a las drogas o al alcohol, y se veían menos casos de abandono o separación conyugal. Posiblemente, entre sus normas morales, “El qué dirán”, ocupaba una gran relevancia.
¿Cómo era el mundo de aquellos pobres que fuimos y hoy estamos a un paso de volver serlo?
No conocíamos los billetes, sólo las monedas. Con ellas se pagaba al lechero que pasaba a horas tempranas con su carro tirado por el mismo caballo, a cambio del nutritivo líquido blanco que trasladaba desde su tambo a la olla sujetada por las manos de mi abuela. Más tarde, el vendedor de verduras, frutas y hortalizas, se detenía dos horas a ofrecer sus productos en la esquina de siempre.
Luego de las horas de la siesta, pasaba el turco con su pregón repetido ofreciendo escobas, plumeros, objetos de mimbre y elementos para el aseo personal. O aquel ruso que timbraba tentando a las amas de casa, con sus sábanas, toallas, frazadas, repasadores, para pagar en cómodas cuotas mensuales.
El camión nuevo de Panificación Argentina con su producto pasteurizado que nunca comimos, dado que mi abuelo se levantaba a las horas del alba para elaborar con sus manos aquel básico alimento en su horno de barro.
Recuerdo que en los días de intenso calor comprábamos una barra de hielo que colocábamos en la pileta del patio, cubriéndola con arpillera para que se conservara el mayor tiempo posible. Además, coincidía casi siempre con el domingo cuando los tallarines de mi abuela recibían a todos los consanguíneos que, a su vez, traían algo para colaborar con los almuerzos.
En aquella, nuestra casa vieja, teníamos los beneficios de la energía eléctrica que recién utilizábamos ni bien entrado el crepúsculo. Además, contábamos con el espiral para los mosquitos, una bomba de agua y el gran fuentón auspiciando de bañera, el pozo ciego con olor a acaroína, tres habitaciones de techos altos, que durante el invierno calentábamos con el brasero, y una cocina a carbón, más tarde reemplazada por el calentador Premium. El fondo ofrecía una higuera y el austero gallinero gobernado por un gallo viejo que con su cansada y grave voz nos anunciaba el comienzo del amanecer.
Pero lo más maravilloso y excitante consistía en reunirnos en la cocina a comer tortas fritas, mate cocido y escuchar la radio.
Recuerdo que era un artefacto cuya carcasa se asemejaba a la entrada gótica de una catedral, por donde surgían voces que nos hacían reír, llorar, gritar algún gol, asustarnos, meditar y enterarnos que existía un mundo de oportunidades, bueno, feliz y distinto.
Mis abuelos murieron igualmente pobres en casa de mi tía en la Ciudad de Godoy Cruz - provincia de Mendoza -, aunque alcanzaron ver la televisión.
Es probable que hayan intercalado sus tertulias evocativas con Pepe Biondi, Luis Sandrini, Héctor Coire o Titanes en el Ring.
Tal vez, sus resignadas nostalgias extranjeras precipitaron sus muertes, pero no sin antes ver Sábados Circulares de Mancera.
¿Y sabes que creo?, probablemente se encuentren integrados en esta lectura, permitiéndonos que tú y yo estemos hablando con ellos.
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